Paraguay

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Misiones Jesuíticas
 
En la era fronteriza de los siglos XVI y XVII el Paraguay fue teatro de un acontecimiento destinado a tener profundas, prolongadas y amplias repercusiones de carácter histórico, económico, político y cultural. Con la entrada en 1609 de los padres de la Compañía de Jesús en estas tropicales regiones de la América del Sur a pedido del gobernador español Hernandarias. El éxito de las reducciones fue rápida y sorprendente, se establecieron mas de 30 pueblos.
Bajo un estricto régimen de organización, desarrollaron numerosas actividades como la ganadería, agricultura y comercio. En el campo de la instrucción es precisamente donde se observan aspectos sorprendentes. Poseían sus propias imprentas, fabrica de instrumentos musicales, talleres de artesanía y otros. Los jesuitas tenían absoluta independencia del poder civil y ningún español podía residir por mas de tres días en una reducción. El extraordinario potencial económico y de organización política, produjo una cerrada competencia con los demás miembros de la colonia, lo que con el tiempo llevo al primer grito revolucionario de América (revolución de los comuneros) entre 1717 y 1735 y en 1767 a la expulsión de los jesuitas. 200.000 personas  vivían entonces en las reducciones hasta su desmembramiento producidopor un  decreto  dictado por Carlos III.
Las características principales por las que son conocidas las Misiones Jesuíticas, tienen que ver con el papel jugado por los jesuitas a lo largo de los casi dos siglos en que funcionaron dichas misiones. Una especie de leyenda forjada en torno a un gran trabajo que, independientemente de sus pros y de sus contras, supuso el encuentro entre dos civilizaciones, la europea representada por los jesuitas, tal vez lo más avanzado intelectualmente de su tiempo, y una cultura guaraní muy desarrollada, pero a la que le resultaba difícil hacer frente al mundo europeo llegado a estas tierras.
En este sentido, los Jesuitas se introducen en el mundo guaraní, lo ordenan y organizan de forma que elevan su capacidad para organizarse, para convertirse en autosuficiente económicamente, aún compitiendo con las diversas economías de la región, y con ello, para hacer frente a enemigos externos.

 

 

Los Jesuitas y la Musica.
Numerosos jesuitas eran muy buenos músicos y de una notable multiplicidad.
Pero la figura más trascendente de todos, indudablemente fue Domenico Zípoli (1688 1726). Nacido en Prato cerca de Florencia, Italia., el compositor más destacado de su tiempo, en Roma. Organista de la Chiesa del Gesu. Compuso numerosas obras que fueron publicadas y apreciadas en Europa, a las que debe su fama universal. Para órgano y tecla, escribió y publicó en Roma y Londres sus "Sonate d'Intavolature". Siendo muy joven  entró en el noviciado de los jesuitas para ir como misio­nero a las célebres reducciones del Paraguay.
Llegó a América en 1717, en el mismo barco que transportaba a Giovanni Primoli, el célebre arquitecto de las reducciones. Zípoli se estableció en Córdoba (Argentina) y estudió filosofía y teología para ser sacerdote. A la par compuso muchas obras religiosas para los grandes coros de las reducciones; de hecho su música se hizo la más apreciada por los indígenas, no menos que por los misioneros, solicitándose permanentemente copias desde los más lejanos pue­blos jesuíticos.
Fue el Virrey de Lima quien enterado de la fama de Zípoli, encar­gó una copia de la Misa en fa, gracias a esta copia, y luego de la expulsión de los Jesuitas se pudo recuperar la obra. Con el desmembramiento de las reducciones casi todos los objetos de arte fueron perdidos o robados, es así que las composiciones de Zípoli y los demás maestros de las reducciones desaparecieron. La copia de la Misa fue hallada en Potosí, y posteriormente llevada a Sucre en donde se preservó. Recientemente, en 1974, durante los trabajos de restauración de las Iglesias de Chiquitos, el arqui­tecto austriaco Hans Roth, encontró por casualidad más de 10.000 manuscritos de música perteneciente al repertorio de las reduc­ciones, entre las que aparecen numerosas páginas con el nombre de Zípoli y otros compositores. Las piezas finamente copiadas, así como un valioso lote de instrumentos originales y un Método para la enseñanza de la Música en las reducciones, se encuentra bajo el cuidado del Arzobispado de Concepción, Ñuflo de Chávez, Boli­via.
Los instrumentos musicales más difundidos en las reducciones fueron el violín, el clave y el órgano, así como el arpa y la guitarra, ya introducidos a América con anterioridad.

La ciudad jesuítica de Yapeyú llegó a ser unos de los principales centros para la construcción de instrumentos, allí se fabricaban órganos, arpas, violines, claves, trompetas, cornetas y otros
Pocos casos hay en la historia de la humanidad en que a partir de dos comunidades tan aparentemente distintas, como jesuitas y guaraníes, se construya una nueva realidad tan rápida y certeramente. Sólo puede entenderse en un contexto donde se dé una confluencia de intereses, necesidades, azar, posibilidades, tiempo… Todo.
Algo que rara vez se produce en la historia humana.

 

 

Reducciones Jesuíticas en el Paraguay
Un Juicio Crítico
Texto publicado en el libro
Gustavo Laterza Rivarola

 

Cuando se inició la ocupación colonial y población del territorio paraguayo, este estaba habitado por numerosas parcialidades indígenas, solamente una de las cuales, los Guaraní, constituía una nación aunque no un Estado. En otras palabras, los pueblos guaraníticos que estaban desperdigados en un amplio territorio y que compartían lengua, conocimientos, creencias, costumbres y formas de organización social y política, sin embargo no se sujetaban a instituciones ni a autoridades políticas comunes.

 

Los Guaraní y los Tupí conformaban una familia cultural. Ambos habitaban un vasto territorio al que gruesamente podríamos delimitar como el que se encierra con el río Amazonas, las estribaciones andinas y las cuencas de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, y habían alcanzado un nivel de evolución notoriamente superior al de los demás pueblos indígenas que los rodeaban, como los amazónidos, los pertenecientes a la familia pámpida -habitantes del Gran Chaco-, y los charrúas del Uruguay. Esta característica los hacía más aptos para el proyecto de integración cultural a la civilización europea y por eso fueron preferidos por los misioneros para ejecutar sus proyectos, de los cuales los más famosos fueron las reducciones jesuíticas.

Los jesuitas llegaron a la Provincia del Paraguay y asentaron sus primeras reducciones a comienzos del siglo XVII. En 1556 Ignacio de Loyola recibió y respondió una carta en la que se le pedían misioneros para el Paraguay, iniciativa que respondía a las solicitudes del primer gobernador criollo paraguayo -Hernando Arias de Saavedra- al rey. El General de la Compañía de Jesús dispuso la creación de la Provincia Jesuítica del Paraguay en 1604, en tanto nueva unidad jurisdiccional, por tanto escindida de la del Perú. Los primeros catorce misioneros llegaron a Asunción en 1607.

 

 

Las fundaciones de reducciones jesuíticas fueron expandiéndose en un vasto territorio del este y el sur del Paraguay. Las trece primeras estuvieron asentadas en la provincia paraguaya, luego fueron creadas diecisiete más en el noreste de Argentina, norte de Uruguay y al oeste del actual Estado brasileño de Paraná, en vinculación geográfica con los ríos Paraná, Yguazú y Uruguay.
Las treinta reducciones llegaron a contener una cantidad de indígenas sobre cuya cifra exacta los historiadores difieren, pero que en su momento de apogeo habrían sumado más de veinte tribus y unos treinta mil individuos, que fueron social y económicamente reorganizados y sometidos a la aculturación forzosa con ejemplar rigor metodológico y disciplinario. En estas reducciones del Paraguay la Compañía de Jesús llegó a alcanzar tanto poder y fama mundial que, a mediados del siglo XVIII, ya se había ganado el nombre de República Jesuítica, denominación que conllevaba tanto la insidiosa connotación antimonárquica como la de constituir una jurisdicción realmente autónoma y rival política y comercial de las gobernaciones de Asunción y de Buenos Aires.
En efecto, las reducciones jesuíticas se regían por reglas propias tanto en lo político como en lo demás. Desarticularon el sistema de organización social de los guaraní reducidos y lo sustituyeron por el hispano, implantando los cabildos de indios, similares a los españoles pero integrados exclusivamente por nativos, con cargos de alcalde, regidor y alguacil. Introducjeron también el cargo de corregidor, que el gobernador de la Provincia Jesuítica escogía de entre los caciques, a sugerencia del superior de la misión.
Reproducían de este modo la verticalidad del régimen monárquico europeo. El Superior de la orden venía a representar al monarca absoluto, los superiores de cada misión eran los virreyes, los padres, sus funcionarios, y los caciques indígenas eran los subalternos de estos, con mando específico sobre su comunidad o tribu, conservación indispensable para no destruir completamente el régimen tradicional y aprovechar el principio de autoridad reconocido por los nativos.
La propiedad de la tierra en las misiones se dividía en dos categorías, el Tupá mbaé  (propiedad de Dios) y el Avá mbaé (propiedad de los indígenas). Los nativos debían laborar en ambas. Las principales actividades productivas en las misiones se dividían en dos: las de exportación y renta, como la extracción y elaboración de yerba mate (ilex paraguayensis) y la ganadería; y las de consumo (agricultura de chácaras, granjería, manufactura y oficios varios).
La tierra explotadas por los jesuitas no fueron fraccionadas y distribuidas entre los indígenas en propiedad privada, por varios motivos, el primero, porque así estuvo planteada la colonización de la América hispana desde el primer momento. La propiedad de las tierras descubiertas, ocupadas y pobladas por los conquistadores y colonos españoles pertenecía a la Corona, la que concedía y distribuía en la forma que le pareciera más conveniente, pero nunca en propiedad definitiva. El modelo que tuvo mayor éxito fue la encomienda, consistente en conceder a un encomendero un terreno y un número proporcionado de indígenas para trabajar en labores rurales y prestarle servicios personales, a cambio de que el encomendero le diera instrucción religiosa, asistencia y protección.

 

Otra razón que explica que los jesuitas no distribuyeran las tierras era que el indígena guaraní no tenía noción de propiedad privada ni experiencia en ningún tipo de sistema de producción económica sistematizada. En su régimen tradicional solamente existía la propiedad comunitaria de herramientas y cosas de consumo, mientras que el suelo, el agua, los vegetales y sus frutos, los animales y los minerales, pertenecían a la madre naturaleza y no los consideraban susceptibles de dominio particular.
Pero la Compañía de Jesús sí se consideraba propietaria particular de sus reducciones y producciones, así como se declaraba defensora de lo que ellos consideraban intereses colectivos de los guaraní reducidos. Los indígenas trabajaban dentro de las reducciones de la misma manera que en las encomiendas, es decir, a cambio de evangelización y protección, pero el hecho de que su patrón fuera una orden religiosa y no una persona individual le otorgó a la experiencia cierto aire colectivista que hasta hoy cautiva a quienes simpatizan con esta ideología.
Al cabo de pocos años los jesuitas acumularon tanto poder económico y tanta fortaleza en la organización de sus misiones que resultó inevitable se produjeran dos efectos políticos que tendrían consecuencias graves: sintiéndose poderosos, los padres se vieron tentados de influir directamente en el gobierno de la provincia; y, segundo, viéndolos tan ricos y productivos, los encomenderos y otros propietarios de Asunción comenzaron a ambicionar sus tierras y el personal que las hacía rendir. La competencia entre ambos se daría tanto en el campo económico como en el político, tanto en relación a la explotación y comercialización de la yerba mate (que constituía la principal fuente de recursos del Cabildo asunceño desde el siglo XVII y gran parte del siguiente y cuya exportación fue monopolizada por los jesuitas) como en el control sobre el gobierno de Asunción.
En la urbanización y edificación de sus reducciones los padres tampoco se ajustaron a lo dispuesto por las leyes indianas sino a sus propios diseños y normas. Las imponentes construcciones en piedra, la talla en este material y en madera, la pintura de imágenes religiosas, el canto y la música, fueron aspectos sorprendentemente desarrollados en las reducciones, como asimismo diversos oficios mecánicos y manufacturas. „En el patio estaba colocado -describe un cronista- el molino de azúcar y en las habitaciones, en torno, trabajaban los ocupados en la refinería del azúcar, los herreros, los plateros, los carpinteros, los ebanistas, los torneros, los curtidores, y los tejedores, con más de 40 ó 50 telares.
Los indígenas que mostraban tales talentos eran retirados del trabajo agropecuario e instruidos para desarrollar sus habilidades, pero constreñidos a ser copistas de modelos europeos. Los jesuitas no permitieron que los artistas indígenas expresaran su propia creatividad y, así, en el legado de las Misiones jesuíticas no quedó ni un solo testimonio de su arte o tecnología. No fue extraño, pues, que luego de expulsados los padres y clausuradas sus reducciones desaparecieran también los artistas y técnicos indígenas.
La experiencia de la Compañía de Jesús en las reducciones sudamericanas continúan siendo objeto de interés y de polémica. Desde quienes los tienen por simples explotadores y opresores de los guaraní reducidos, malévolos intrigantes de la política y competidores desleales en el comercio, hasta quienes los consideran protectores angélicos de los nativos o difunden loas de su „exitosa experiencia comunista, se extienden los extremos entre los que suele moverse la mayoría de los autores que los estudian y juzgan.
Lo objetivamente cierto es que la expulsión de los jesuitas de todo el imperio español, ordenada por Carlos III en 1766 -y cumplida en el Paraguay por medio de la fuerza, un año después, significó la remoción del más formidable obstáculo que el Paraguay tenía puesto en el camino de los bandeirantes y mamelucos portugueses, cazadores de esclavos indígenas para las plantaciones de algodón de los fazendeiros paulistas y conquistadores de nuevos dominios territoriales para el imperio portugués.

 

Jesuitas y sus ciudades
 
San Ignacio
Ciudad ubicada estratégicamente sobre la ruta internacional y el cruce de la ruta IV hacia Pilar.  
San Ignacio representa el núcleo más dinámico de todos los que conforman el camino Jesuita.
En San Ignacio se creó la primera de las treinta reducciones impulsadas en el territorio, siendo fundada en el año 1.609.  
En ella se exhibe con orgullo una de las manifestaciones artísticas más distintivas de Paraguay, el arte  escultórico barroco. Y hay que señalar que esa expresión del barroco como gran espectáculo escenográfico, va más allá de las figuras expuestas en el museo; la riqueza del espíritu barroco late hoy en las venas de San Ignacio a través de la música que interpretan jóvenes ignacianos, de los pliegues y repliegues de su personalidad, de su naturaleza, de la relación de su urbanismo con ésta, o a través de manifestaciones como la procesión del viernes Santo en Tañarandy, auténtico espectáculo creado en plena naturaleza y en torno a la imaginería católica.
Sin duda la metáfora del espíritu artístico que encierra el barroco tiene en San Ignacio y sus gentes un fantástico exponente.
Además, San Ignacio representa el lugar donde todo empezó, la primera misión; curiosamente, hoy es además con Santa María las únicas reducciones paraguayas cuya titularidad está en manos de la Compañía de Jesús, algo no visible, pero que sin duda imprime una personalidad especial. Cuando uno recorre San Ignacio, sus galerías y sus patios, la idea de casa, de refugio ganado a la naturaleza, aparece de modo más o menos consciente. Apetece quedarse resguardado entre sus muros, descansar en su jardín o charlando en sus galerías.

 

Santa María
Santa María fue fundada como misión en 1.647, actualmente es un pequeño municipio agrícola, al que puede   accederse desde  la ruta internacional No.1, y en el que, su morfología urbana, subsiste la presencia jesuítica a través de su plaza mayor custodiada por el museo y la iglesia.
Aunque Santa María podría representar una prolongación de esa presencia barroca a través de la escultura que encierra su museo, nuestra mirada interpretativa se hace eco de una presencia intangible relacionada con cierta espiritualidad naturalista derivada de un escenario sobrio y cálido a la vez, un envoltorio natural que favorece la tranquilidad y el sosiego.
Una percepción de serenidad que se subraya por el contraste que supone la visita al bullicioso San Ignacio. Creemos que esta peculiaridad se da en este lugar de forma especial en relación con el resto de las misiones; su marcado carácter rural, en un entorno rodeado de cerros, genera una invitación al relax y el descanso, una especie de tiempo detenido. Una atmósfera que remite sin duda a la necesaria espiritualidad que debía impregnar las misiones, pese a su carácter dinámico y laborioso. Un espacio que reservaba su momento para el rezo, la música o el aprendizaje, algo que exige sin duda el silencio y la armonía para su desarrollo.

 

Trinidad
A 30 km. de la ciudad de Encarnación encontramos las ruinas de Trinidad declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad.
La reducción se encuentra designada por el World Monument Fund entre los cien sitios en mayor peligro de destrucción.
El Centro de Conservación del Patrimonio Cultural ha desarrollado en Trinidad un proyecto  de restauración.

 

Trinidad posee la fuerza evocadora de las ruinas, esa envidia de la memoria a la que aludíamos antes, las huellas de todo ese pasado: sin embargo, no son los datos lo que nos deslumbra si no la vida latente que todavía se percibe entre sus restos. Oímos las campanas, y escuchamos las voces y la música de un coro de dos mil voces guaraníes educadas entre sus muros.
La palabra, la música y el silencio dialogan paradójicamente en este lugar. Un silencio en el que está implícito un pasado sonoro compuesto de música barroca, un silencio imposible en un escenario de naturaleza exuberante capaz de generar sus propios sonidos, un silencio atravesado por la plasticidad de la palabra guaraní en bocas indígenas y europeas. En Trinidad deben tomar forma esos ingredientes esenciales del espíritu de las misiones: aquello que está en todos los lugares pero que no aparece de forma reconocible en ninguno.
Trinidad como patrimonio de la humanidad, constituye el espacio idóneo en el que se suma al patrimonio material, todo el patrimonio intangible que nos permite sentir y entender la experiencia de las reducciones de una manera completa.

 

Jesús
Jesús posee las otras ruinas declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad, se encuentra a 40km de Encarnación y comparte en buena medida los conceptos expuestos para Trinidad en cuanto a sus potencialidades y sus carencias.
En Jesús, su fuerza se deriva también de la espectacularidad imponente de sus restos, del contexto natural en el que se inscribe, una buena “maqueta” realista de lo que fueron las reducciones, una maqueta que cobra vida, y se subraya para aparecer en toda su plenitud.

 

 

Santa Rosa
Fundada en 1.698 con pobladores de Santa María constituyó una de las más grandes reducciones jesuíticas; actualmente Santa Rosa representa probablemente el mejor ejemplo de municipalidad heredera en su morfología urbana de la antigua reducción.
En Santa Rosa, aparece como en ningún otro lugar, la sensación de un mismo espacio para diferentes tiempos. La ciudad actual se ordena a partir de la antigua reducción, la plaza acoge un viejo ídolo indígena como el Kurupí materializado por un artista contemporáneo, la iglesia sigue sirviendo como lugar de culto, el campanario aparece como testigo atemporal de la historia, y desde su torre se adivina una naturaleza desbordante, las antiguas casas de indios subsisten y cobijan ahora nuevas vidas.
Tiempo pasado y tiempo presente que forman ya parte del tiempo futuro. Si Santa María representaba el espíritu de la tranquilidad y la calma, Santa Rosa, transmite ese dinamismo vital que indudablemente formaba parte del día a día en las reducciones, integradas por un importante número de familias indígenas en permanente actividad, ya fuera ésta religiosa, agrícola, constructiva, artística o intelectual.
La misión, como espacio lleno de vida, antes y ahora, se descubre en  Santa Rosa como en ningún otro lugar.

 

Santiago
La Reducción de Santiago fue fundada como Caaguazú en 1641y como Santiago en 1669, aunque en la actualidad mantiene una espléndida plaza que funciona como escenario para los encuentros relacionados con la tradición misionera quizá ninguna plaza como la de Santiago reviste ese carácter de centro de gravedad .
Es imposible separar Santiago, de la imagen de sus caballos y jinetes, en ese escenario que históricamente ha querido cumplir una función integradora del espacio.
Santiago se ha convertido en la gran plaza de las misiones jesuíticas, sería importante subrayar este hecho, incidir en su carácter de representación simbólica de estas municipalidades históricas, unidas por un pasado y un presente comunes, y que tendrían en este espacio el lugar de encuentro, intercambio y conocimiento mutuo.
Su oferta tanto “urbana” como patrimonial parte de una posición más débil que otros destinos de la ruta misionera. Además se encuentra alejada de los principales núcleos jesuíticos.

 

San Cosme y San Damián
Los orígenes de esta reducción se datan en 1.633, si bien su ubicación actual corresponde a 1.760.  El acceso a este lugar exige desplazarse 26 kms. de la Ruta 1, y su principal atractivo reside en la entidad, grado de conservación y posibilidades intrínsecas del conjunto arquitectónico superviviente que sigue siendo utilizado en parte por la comunidad local.
En este juego de equilibrios y complementariedad que define  las misiones jesuíticas, la reducción de San Cosme y San Damián traslada de forma especial la idea de microcosmos a la vez trascendente y terrenal que representaban las misiones. Consideramos que ese microcosmos está reflejado de un modo implícito en esta reducción: sus dimensiones, las estancias existentes, la atmósfera en torno a ellas… todo encierra una energía especial que precisaría enhebrarse sutilmente para formar parte de un todo.
Por otro lado, su relevancia como observatorio astronómico, nos coloca de nuevo entre el suelo y el cielo, entre el hombre y Dios, entre la tierra y los astros.

 

 

Otras ciudades cercanas
 
Villa Florida
 
Marca el inicio del territorio de misiones, aquí empezaba históricamente.
Su ubicación en la ruta internacional 1, hace que tenga una posición geográfica absolutamente estratégica.
Desde hace unos años se ha convertido en un espacio habitual de veraneo, ya que, cuenta con hermosas playas de arena blanca sobre el río.
A diferencia de lo que ocurre con la mayoría de las municipalidades de misiones cuenta con una interesante oferta hotelera y de camping.

 

San Miguel
Se encuentra a 18 kms. de Villa Florida en plena Ruta Internacional. Es conocida como la capital de la lana, debido a la tradición artesana existente que tiene en el Festival del Ovecharagué su máximo exponente.
Como atractivo natural ofrece la unión de los ríos Tebicuary y Tebicuary-mi en Puerto Garata, si bien su notoriedad se deriva de la actividad comercial y productiva generada en torno a la lana.
Cuenta en sus cercanías con la Estancia Cabaña de San Francisco, y parecen existir otras estancias potenciales para el desarrollo del turismo rural.
La apuesta diferenciadora de San Miguel en el territorio de misiones se deriva sin duda alguna de su identidad como pueblo artesano.

 

San Juan Bautista
Ubicada en el km. 196 de la Ruta1, es la capital departamental y sede de instituciones regionales. Cuenta con un importante dinamismo social derivado de su carácter universitario y la presencia de escuelas de danza y música.
Es la ciudad natal de Agustín Barrios (Mangoré), cuya casa ha sido convertida en museo, habiéndose creado también un concurso nacional de guitarra culta en honor al mismo.

 

Ayolas
En esta ciudad se encuentra la represa de Yacyretá, que constituye por sí misma un importante atractivo turístico.
Ayolas es un núcleo turístico vinculado al fascinante Paraná, con opciones de playa y excursiones de pesca.

 

Colonias Unidas
Las colonias pertenecen sin duda a una etapa histórica muy reciente en la historia de Paraguay, si bien forman ya parte de la identidad del país desde sus propias raíces internacionales. Se trata de espacios de especial relevancia económica y donde la diversidad de razas y manifestaciones culturales, las convierte en espacio de curiosidad.
Aunque no detentan un patrimonio histórico relevante si se encuentran situados en entornos naturales próximos al Paraná con propuestas relacionadas con la pesca o recorridos en lancha.

 

Encarnación
Esta ciudad denominada Perla del Sur, situada a orillas del Río Paraná, y frente a la ciudad argentina de Posadas, representa un lugar de gran notoriedad por sus eventos culturales relacionados con la danza y el carnaval.
Constituye un núcleo poblacional importante, es el último punto en el territorio de misiones si el recorrido se inicia desde Asunción y el primero si se inicia desde el lado sur del país.
Su ubicación en la ruta misionera, la oferta de servicios de que dispone y su carácter fronterizo con Argentina, lo convierten en un núcleo estratégico importante, con capacidad para desempeñar un papel de mayor trascendencia en el conjunto del territorio.

 

 

 

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